UN HIPOCONDRÍACO EN EL SPA

UN HIPOCONDRÍACO EN EL SPA

Mi cuerpo tenía unas pequeñas dolencias y justo llegó la solución, impulsado por un atractivo folleto publicitario que llegó a mis manos: “¡Ir a un SPA!” En las fotos del prospecto se mostraban las bondades de las diferentes piletas dispuestas en el sitio y cada una de sus explicaciones aseguraban brindar beneficios terapéuticos que combatían prácticamente todas las enfermedades, la famosa “HIDROTERAPIA”.

Entonces le pregunté a mi mujer si se animaba a acompañarme y aceptó.

Al entrar juntos al santo “reducto sanificador”, mis ojos no podían creerlo: estar en este sitio era estar verdaderamente en el paraíso terrenal. Una serie de piletas en fila con agua pura y limpia de diferentes temperaturas, cascadas naturales, habitaciones con vapor, sauna, luz suave y una música relajante, bálsamo del aire del silencioso reducto, eran el remedio ideal para restaurar la salud del enfermo más dolido. Y este era mi caso.

Mientras nos poníamos el traje de baño, pensaba: “¡Por fin serán curadas todas mis enfermedades, con el agua milagrosa del SPA! ¿Qué más puedo pedir? Adán y Eva, solos, en el paraíso. Tú y yo en el Edén”. Pero, desde los vestidores noté que el Spa estaba lleno de gente y que ya a esa hora había bastantes personas inmersas en las piletas, quienes supongo, habrán venido aquí por lo mismo que yo: restaurar su salud… Colmado a tal punto que ¡no había casi un lugar para meterse!

La primera pileta, con forma de pie, era muy grande y contenía agua un tanto helada para mi gusto. El letrero decía: “Especial para los pies”. Entonces le grité a mi mujer: “¡Qué bien me hará el agua fría para curar los hongos que tengo en los pies!” Al oírme, las personas que se hallaban en esta pileta, salieron inmediatamente de ella, quedándonos adentro mi mujer y yo solos, (como Adán y Eva, je je).

Luego de un rato nos metimos en otra pileta, esta vez de agua bien caliente. ¡Y qué linda es el agua caliente luego del agua helada! Esta pileta estaba bastante concurrida, pues pienso que la gente se cura más con agua caliente, que con fría. Los esperanzados bañistas estaban cada uno frente a un “jet” de agua a presión, que disparaba una burbujeante agua bendita, tan fuerte que purificaba hasta los intestinos. Pensando en intestinos, recordé mi problemita con las hemorroides y poniendo mi zona afectada frente a un jet, le grité nuevamente a mi mujer: “¡Ojalá este chorro caliente me cure las hemorroides, porque hoy me están sangrando!”.

¡Qué pena para los pobres enfermos de esta pileta que todos la hayan abandonado tan rápido al escuchar esa declaración!

La siguiente pileta contenía una cascada de agua templada que caía desde unos dos metros de altura, barriendo con todas las impurezas que el organismo tuviera. ¡Qué plácidos se hallaban tantos concurrentes debajo de esa cascada! Recordé mis frecuentes ataques de caspa y le dije a mi mujer con voz muy fuerte: “¡Esta violenta cascada arrastrará toda la caspa de mi pelo!”. Lástima por los demás, porque al escucharme se fueron todos de la milagrosa cascada.

La siguiente pileta era de agua tranquila y silenciosa. ¡Qué bien me vendría después del ruido de  las turbulentas! Al meterme en la pileta calma, los inmersos que ya estaban allí antes, me pidieron que lo haga lentamente, para no hacer olas. Inclusive noté que no tenía jets y no hacía burbujas. Era un baño de absoluta paz y silencio. Pues bien, me introduje con toda la lentitud que pude. Pero la inmersión en agua templada, tirando a fría, hizo que se me desinflamaran los intestinos de su contenido gaseoso y ¡oh sorpresa! Del agua calma comenzaron a brotar burbujas a mi lado. Aterrorizados, mis compañeros de pileta, ya viejos conocidos míos, huyeron despavoridamente de las pacíficas aguas que estaban siendo heridas por las burbujas que desalojaban mis intestinos.

Entonces, como ningún adulto quería bañarse conmigo, me cambié a la pileta de los niños. Pensé: ¡Qué linda es la inocencia de la infancia! Montones de chiquillos jugueteaban felices en la única pileta infantil del SPA, debajo de un cartel que rezaba “Prohibido zambullirse y gritar”. Pero parece que estos maleducados no sabían leer o que, quizás por estar de vacaciones les habían dado vacaciones también a la lectura y ni se enteraron del letrero. Ni bien me sumergí, de a dos o hasta tres juntos se tiraban al lado mío, cual si fuese una pileta olímpica, mojando todo a su alrededor y gritando: “¡Al agua, patooo!”. Era tanto el alboroto en esta pileta que me agarró un estrés más grande que el que tenía antes de venir al SPA.

De repente me di vuelta y tenía detrás mío a la encargada del sitio, una rusa con chaqueta militar, quien con una voz ruda y amenazante me advirtió: “Su tiempo ha terminado, señor. Salga”.

—”¡Vámonos, querida! ¡Qué desilusión! Venir al SPA es perder tiempo y dinero, porque al final, sigo con todas las enfermedades que tengo, pero ahora se me sumó el estrés, que antes de venir no tenía, y además se me enfermó el bolsillo.”

© Rubén Sada. 16 de julio de 2014.

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Rubén Sada

Escritor de poesía en castellano, editor y redactor. Currículum, AQUÍ.

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