DISPUTA EN LA BIBLIOTECA

Algo asombroso ocurrió en la biblioteca cuando su encargado, el bibliotecario, se fue del lugar.

biblioteca

DISPUTA EN LA BIBLIOTECA

Por: Nabonazar C. Ayala 

   
Las gentes se marchaban puesto que
ya era tarde,
la rica biblioteca muy sola se
quedó.
Las lámparas de aceite temprano
hacían alarde
de dar diez mil destellos, la noche
las venció.
El Conde y la Condesa con ritmo
acompasado
haciendo reverencias salieron del
lugar.
Marchóse la señora del Guardia del
Condado,
también los escolares, que hurgaban
sin cesar.
El fiel bibliotecario tomó los
viejos libros
y en su carrito lento los
redistribuyó…
Aquí puso el grandioso Conde de
Montecristo
y allá puso a Cervantes, quien fama
cultivó.
Al buen estagirita,[1]  el filósofo cantado,
discípulo grandioso del límpido
Platón…
Lo halló en catorce libros…
¡magníficos tratados
que fueran consultados con mágica
pasión!
Los puso en el estante, bien junto
al aquinate,[2]
Tomás, el que cambiara del mundo la
visión.
Y en el estante opuesto, barroco
escaparate,
puso del noble Esopo, su libro de
ficción.
Puso con gesto lento y andar
parsimonioso
a Horacio el generoso, también a
Cicerón.
Y hallose con deleite el libro
escandaloso
con que el febril Boccaccio causara
conmoción.
Marcaba en el cuadrante del viejo
campanero
las doce… ¡Era la hora de irse a
dormitar!
Feliz pero jadeante y con alma de
librero
el viejo, tras de sí, echó llave a
aquel lugar.
No bien se hubo marchado cuando…
¡Prodigio grande!
Los libros de sus sitios se
empiezan a mover.
Y caen con gran estrépito del
elevado estante
abriéndose expectantes, diez,
veinte y más de cien.
De allá salta el Quijote con su
grito de guerra
y el noble Sancho Panza lo sigue
siempre fiel.
El firme Lanzarote, amado de
Ginebra,
la reina de Inglaterra renace en su
corcel.
En la fila de ilustres y grandes
pensadores
surge con el donaire de su
generación,
rodeado por discípulos y por
admiradores,
de la Academia grande, el filósofo
Platón.
Surgen uno tras otro como una
miniatura,
su talla nunca excede el formato al
empastar,
del libro en que se hallan, las
hojas con blandura
abrigan su existencia y la luz de
su pensar.
¡En guardia!– Grita fiero a
todos, Don Quijote,
Yo soy el caballero que viene a
rescatar…
a la sin par doncella cristiana que
el galeote,
Ladrón de los caminos preténdese
llevar.
¡Ah, loco entre los locos!
Le  espeta con gran sorna
aquel Jorge Guillermo de Hegel,
alemán,
¿Y qué es lo que pretendes?
¿Acaso es que retomas
de tiempos ya lejanos el cándido
ideal?
Los tiempos medievales ha mucho se
marcharon,
no existen caballeros en la
modernidad…
No seas iluso viejo, los autos
remplazaron
a la caballería… ¡Curiosa
antigüedad!
¡Jamás!… ¡Bufón de corte,
recorta tus palabras!
Pues la febril metralla de mi lanza
genial…
hará que te arrepientas de tu verbo
canalla…
¡En guardia! ¡La batalla principia
hasta el final!
—¡Calmaos, calmaos Quijote y tú
también, oh Hegel!
Dice con voz que busca los ánimos
calmar,
el buen señor del Tiempo, quien en
su carro leve
de nubes y minutos detiénese en su
andar.
Los dos tienen jirones de la
verdad eterna,
mas, nadie se alza en dueño
completo de su ser.
En tu momento, Hegel, miraste la
conciencia,
de lo moderno alzarse del tiempo y
renacer.
Y tú, Quijote, vuelas con tu mente a
los tiempos
del Amadís de Gaula y Arturo, el
rey bretón…
La nube de tu idea trocada en
pensamiento
te lleva al medioevo con firme
corazón.
Vivieron dos momentos con sus
justas verdades,
no existe una –repito-, que abarque
el ideal.
De la verdad unida del tiempo en
las edades
fundidas cual un molde de luz universal.
¡No es cierto, Padre Tiempo!
Le espeta al buen anciano
el sabio entre los sabios…
¡Magnífico Agustín!
quien de Las Confesiones, sale con
libro en mano,
henchido de sapiencia, cual limpio
serafín.
¡El tiempo no es el tiempo! Las
horas ya se marchan
como se escapa el agua en los dedos
al tocar.
No existe el hoy presente, pues
cuando te levantas
al hoy, éste se marcha sin poderlo
evitar.
Y el futuro es la idea del tiempo
que no ha sido,
el ayer se ha cumplido, se funde en
el no ser.
¿Sí ves que el tiempo es nada? No
más que ser vencido
que cuando te aproximas tiende a
desvanecer.-
Al verse desarmado, el buen señor
del tiempo
se calla y torna lento al libro
celestial…
Aquella Teogonía, la voz del
pensamiento
que de la Grecia grande fue airoso
pedestal.
Esopo, el fabulista de la Frigia,
levanta
su rostro con un aire de herida
dignidad…
—¿Y cómo es eso –dice- que
Roma en la garganta
de un sofista de escuela, pretende
la verdad…
sobre el señor del Tiempo, más sabio
entre los sabios?
¡Retracta tus palabras!-  Le exige al pensador…
De la noble Tagaste, Agustín
aprieta labios
y ya va a responderle al genial
fabulador…
cuando surge la voz del poeta más
sapiente
que Roma produjera en su historia
colosal.
Horacio es aquel hombre que habla
mansamente
con trinos de canario y acentos de
turpial…
¡Ni es bueno que se riñan ni
Júpiter desea
que por su patria inicien una
guerra verbal!
Vamos amigos, todos, cesemos la
pelea,
¡porque somos modelos del bien
universal!
No olviden que la vida se escapa a
cada instante,
en el tiempo inclemente y la deben
ocupar
en hacerse felices, labremos
vindicantes
la vida noble y pura de la
felicidad…
El sol ya despuntaba con tintes
purpurinos
en la línea de oriente con fiel
exactitud…
Mientras los personajes buscaban
los destinos
en los libros que albergan su ser
de plenitud.
Se marcha Don Quijote, jinete, en
Rocinante,
se marcha Lanzarote, quien fiel se
limitó
a oír de sus vecinos de libros y de
estante
la lívida disputa que el día nuevo
acabó.
Disípase el señor de los Tiempos en
su carro,
se marcha ya Agustín con un aire
vencedor,
mientras el fabulista repite los
descargos
con que ataca el embate del recio
pensador.
Horacio también marcha, detrás, con
gesto grave,
prosigue cavilante el prolífico
Platón…
quien, dictamina a todos…  —¡No es sabio quien más sabe!
¡Es sabio quien aprende errando en
su lección!
El hombre busca esencia inmortal en
sus ideas,
que abriguen las verdades de acento
celestial…
Y sólo las consigue quien piensa, no
pelea,
y aprende de los otros el brillo
sideral.
Con las últimas frases se cierran
de los libros
las tapas y regresan todos al
anaquel.
No pasa mucho tiempo, el librero,
aquel recinto
abre con gran estruendo… ¡Su norma
es siempre fiel!
Abrir la biblioteca y los libros
que atesora
a quien quiera leerlos con límpida
fruición.
¡Los libros son el mundo y el
tiempo que devora
las glorias de los siglos, con
sabia erudición!
  
Nabonazar C. Ayala. Poeta
colombiano.
Madrid (Cundinamarca)
01/05/2006

[1]).
Estagirita. adj.-com. De Estagira, ciudad de la ant. Macedonia. Dícese por
antonomasia de Aristóteles.
[2]).
Aquinate. Es toda la obra de Tomás de Aquino (St. Thomas), para la expansión:
las cosas Aquino, su trabajo y los estudios relativos a la misma. El mundo de
Aquino. La filosofía de Tomás de Aquino, la mayoría de los estudios
relacionados con él.

  

Rubén Sada

Escritor de poesía en castellano, editor y redactor. Currículum, AQUÍ.

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